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Espía de tendencias / La moda a mi modo /
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Un mundo sin estereotipos

Desde que tengo uso de razón, el outfit de la creyente cristiana tiene todo un apartado en el imaginario social dominicano.
Actualizado 17 de agosto, 2011
Cherny Reyes
Aunque seas atea, te “embiques” de un pote, de encarames en una tarima cuando oigas una canción de Shakira, si tienes una falda demasiado larga para los rigores actuales, corres el riesgo de ser considerada evangélica. Peor si, por fin, te estás “dejando salir” el desrizado: eres evangélica o lesbiana. O amargada. O todas las anteriores.
 
El look del evangélico, cristiano, testigo de Jehová y derivadas creencias (de las cuales, admito soy un total ignorante) está tan estereotipado como quienes se sientan en el front row en Dominicana Moda: “la gente asume que son comparones, prepotentes y que no hacen número 2 en el baño”, como en una ocasión me dijo Abigail.
 
Eso es lo que tienen los estereotipos: te destruyen y no te dan oportunidad para defenderte o probar lo contario. Muchos prefieren asumir, juzgar y luego existir. Mi nombre es Cherny Reyes, tengo más de 30 y confieso que en algún momento fui como uno de esos prejuiciosos especímenes que basaba sus opiniones en el primer vistazo. Igual que aquellos estúpidos que medularmente asumen que tatuaje es equivalente a delincuente. 
 
Todos hemos sido juzgados por los estereotipos. Cualquier hombre que intentara alguna vez ponerse unos pantalones rosados corría con la suerte de que le gritara una voz anacrónica: “Hey, manin, esos pantalones sólo lo usan los artistas y los pájaros. Y no eres artista”.
 
Lo llevamos en el ADN, es superior a nosotros. De hecho, hay toda una teoría que explica que nos creamos un concepto de una persona 10 segundos después de conocerla. Y esta impresión (que no cambia fácilmente) está basada en la apariencia. Así como evaluamos un libro por su portada, tenemos una escala de valores que se dispara en automático cuando conocemos las personas. Un sistema interno similar al apetito de una piraña en cautiverio.
 
Alguien dijo que juzgar es como un hobby: y si no estás en un curso de macramé o de elaboración de champú y desrizado, de los impartidos en la Sociedad Cristiana de Jóvenes, entonces juzgas. Es como un deporte: entretenido y saludable.
 
Pero, ¿qué tan emocionalmente saludable puede ser pasarnos la vida evaluando, poniendo en un paredón la imagen física, el aspecto y la ropa de los otros? ¿Seríamos empáticos en ese sentido? Es decir, ¿dejaríamos o permitiríamos que se nos etiquete como al pollo picado en piezas de los supermercados y nos categoricen en la sección de muslos, pechuga o pichirrí, según nuestras cualidades o “calidades”? Odio tanto los estereotipos como a las personas que mezclan todos esos sabores dispares en su Yoguen o como la gente que acumula desconocidos como amigos en Facebook, igual como hacen con la ropa sucia en el hamper.
 
En un mundo de ideas preconcebidas, donde estamos en el bando de Luz García o en el de Georgina Duluc, donde la gente necesita un coach para tomar decisiones o un psicólogo que les evalúe las atormentadas existencias, ¿cómo es posible no prejuiciarse, no vetar, no autojuzgarnos antes de poner un pie fuera de la casa?
 

Soy de los que anhela en un mundo donde la democratización de la moda incluya ir a la Duarte a comprarse esas piezas “clave” y baratas, sin miedo a que te vean. Sueño con un mundo en el que Sandra Berrocal diga algo más que la mención de su ropa en “De extremo a extremo” o que ponerse unas licras con unas botas no te conviertan automáticamente en un clon de una Corporecita. Definitivamente, un mundo sin estereotipos. 

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