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Un chance para aprender

Actualizado 12 de febrero, 2013
María Virgen Gómez, Editora, Santo Domingo
Eran las 7:56 de la mañana de un lunes reciente. Iba conduciendo por una concurrida avenida capitalina y me detuve en una de sus intersecciones para ceder el paso a los carros que necesitaban girar a la izquierda. Días atrás había cometido la imprudencia involuntaria de bloquear el flujo de una calle residencial, recibiendo miradas acusadoras y los insultos vehementes que me lanzó una señora rubia desde el interior de su vehículo.
 
Había aprendido la lección. Esta vez me detuve y cedí el paso, como debe hacer la gente civilizada y respetuosa, y confieso que al seguir mi camino me sentí redimida. No sé cómo esto me llevó a agradecer las veces que he gozado del privilegio de vivir segundas oportunidades. Eso que los dominicanos llamamos “chance” y que a pesar de lo simple que suena la palabra alude a acciones poderosas, capaces de mejorar relaciones y transformar de manera legítima la percepción que otros tienen sobre ti.
 
Por ahí dicen que nunca las segundas partes fueron buenas. O que no existe una segunda oportunidad para crear una buena primera impresión. Sin embargo, permitir reivindicarse a alguien que lo merece es muchas veces más sabio que poner fin prematuro a una historia que pudo haber sido productiva.
 
Esta inusitada “oda al chance” recreada en el interior de mi vehículo me llevó a pensar en personas y episodios especiales de mi vida. Como la vez que en la universidad no llegué a tiempo para entregar un trabajo final y recibí una generosa prórroga por parte del profesor. O cuando en el fragor del cierre de una revista el encargado de producción nos dio unos minutos más para terminar de escribir un buen título de portada.
 
O las veces en que me permití conocer mejor a personas con las que no tenía nada en común y que con el tiempo me dieron importantes lecciones de vida.
 
Recuerdo con cariño la primera vez que vi a una de las amigas que más quiero en el mundo. Me pareció arrogante, insolente y desubicada. Pero poco después empezamos a salir juntas y a construir nuestra relación de oro. 
 
En otra ocasión el desencuentro fue con un talentoso colega fotógrafo más obstinado que yo misma, y con quien ahora guardo una relación de amistad fraterna.
 
Y así se suceden los ejemplos de caminos compartidos que en un principio están llenos de maleza, pero con los años se van transformando en senderos fértiles en los que vemos crecer jugosos frutos.
 
¡Cuántas veces la oportunidad de empezar de nuevo ha mejorado relaciones familiares, amorosas o laborales! Yo lo vivo cada día y agradezco que así sea porque cada nuevo intento me enriquece con aprendizajes que atesoro.
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