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Un 2012 sin sombrasRevista U despide 2011 deseando que 2012 sea un año positivo para el mundo. En nuestras páginas centrales, doce personalidades nacionales e internacionales, entre las cuales se encuentran Jorge Ramos, Zoé Saldaña, Marcos Díaz, Andrea Echeverri y Julia Álvarez, expresan sus anhelos para el nuevo año con una misma voz esperanzada, que llama a que todos nos comprometamos a trabajar por hacer de nuestro planeta un lugar más equitativo, sano, humano y solidario. En ese mismo ánimo, quiero despedir el año compartiendo con ustedes un formidable artículo del escritor y periodista español Juan José Millás, que se aplica a la realidad del mundo actual a pesar de haberse escrito hace más de una década.
Estas líneas pueden movernos a ser mejores y, por ende, estar más facultados para mejorar las cosas. Mi deseo para todos es que el año que viene enfrentemos nuestras “sombras” con franqueza, voluntad y valentía.
La sombra
Juan José Millás
En un cuento, creo que de Ignacio Pedrera, se narra la historia de un sujeto al que el médico examina el fondo de los ojos con el aparato al revés, diagnosticándose a sí mismo un glaucoma.
El paciente, que ha observado el error del médico, pero que no sabe cómo decírselo, le pide que le ausculte los pulmones para ganar tiempo mientras reflexiona sobre la situación.
El doctor toma, también al revés, el fonendoscopio y coloca las terminales auditivas del aparato en los oídos del paciente, mientras pasea la trompetilla captadora de ruidos orgánicos por su propio pecho. Al poco, recoge el aparato y esta vez se diagnostica una bronquitis terminal mientras ordena al otro que deje de fumar y que vuelva a la semana siguiente. Así, semana tras semana, el paciente asiste al deterioro del médico, mientras éste le anuncia que se quedará ciego, perderá más tarde la voz y finalmente morirá en un golpe de tos por no haber dejado de fumar a tiempo.
En efecto, a los pocos días, y después de haberse quedado ciego y mudo, muere el doctor, a cuyo funeral asiste en primera fila, entre aliviado y culpable, su paciente.
A veces, no es necesario coger ningún aparato del revés para colocar en los otros lo que no soportamos en nosotros mismos. Todo aquello que detestamos de nuestra identidad, es lo que Jung llamaba “la sombra”. Esa sombra vive en los lugares más inaccesibles de nuestra conciencia, confundida con la oscuridad reinante, hasta que encontramos a alguien a quien colocársela, del mismo modo que en el cuento de Pedrera el doctor coloca su propio glaucoma en los ojos del paciente.
Lo malo es que con ello no se libra de la ceguera; en alguna medida la acentúa, pues al negarla no le da el tratamiento que precisa. Es decir, que al colocar nuestra sombra en otro no nos libramos de ella: nos mata igual.
Sería, pues, mucho mejor aceptarla y, si es posible, transformarla, pero no parece fácil.
Ahora mismo entre Occidente y el Islam hay un intercambio de “sombras” preocupante. Quizá Satán habita en las dos culturas, pero sólo lo vemos en la otra.
Recuerde que las sugerencias pueden ser importantes para otros lectores.
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