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29 años Ilustrador En París desde 2005 |
 |  |  |  |  | Actualizado 15 septiembre 2011 París |  |  |  |
Tres alter ego, una ciudad Estoy en celebrando mi nuevo corte de pelo en el restaurante indio de la rue Mercadet. No estoy conforme con el trabajo que el peluquero argelino ha hecho pero me dejo llevar por esta radiante alegría que mi cabeza provoca a mi primo. Y no estoy de acuerdo con el trabajo del bereber que manipuló mi cabeza, no tanto por el resultado como por la manera en que este señor asumió que yo venía de Nueva Delhi y que tenía una tremenda envidia al peinado de Shah Rukh Khan. A tijera y blower sacó de mí esa estrella de Bollywood que nunca fui. Y, obvio, esto tenía que terminar en este restaurante indio, donde Abhishek, hombre de sonrisa fácil y vientre titánico, nos pone la mesa mientras piropea con los ojos mi pollina abultada. Yo por mi parte, repaso todas las formas de matar a un primo y a un barbero argelino con diente de oro.
Ahora es pleno Ramadán. Lo sé porque mi compañero libio (nombre impronunciable por mí) no viene a clases por tales cuestiones. Apresurado, entro al supermercado como un mandato radical de mi hambre extrema. Lentejas, lechugas, compotas de fruta, carne, tomate y mucho queso. La cajera comienza a frotar con el ojo lector y me suelta un “salamalecún”, que yo ignoro más por hambre que por incomprensión. Entro en la casa, destapo todo, sazono y meto candela a esos ricos y rojos trozos de carne que en breve comienzan a largar olores. Me asomo por al pequeño parque que da a la ventana y me topo con los vecinos musulmanes, tasbith en mano y mirada enfadada, y entiendo que una vez más mi barba me había jugado una mala pasada, comprometiéndome a la celebración el Ramadán con “mis hermanos en la Fé”, y que ellos desaprobaban mis guisos y sofritos antes de la llegada de la Luna.
Ahora estoy de fiesta, en Bastille, con un par de amigos dominicanos y en un bar tropical lleno de gente (chicas) y con buen ambiente (chicas). Cuando lo menos lo esperamos, un grupo de francesas hacen su entrada y, entre todas las miradas que las contemplan, ellas posan las suyas (y sus sonrisas) sobre nosotros. La noche promete. De a poco, se acercan y una de ella, la más audaz, saca a bailar a uno de mis amigos. La noche definitivamente promete. Él toma la mano de la chica y, mientras pasa por mi frente, ella pregunta: “Ustedes son venezolanos, ¿no?”. La negativa y explicación de mi amigo provocó el desencanto de la chica que bailó con más desencanto que cadencia. De regreso a su mesa, regresó el resultado de sus pesquisas entre sus amigas y pronto se escasearon las miradas hasta la extinción.
ComentariosRecuerde que las sugerencias pueden ser importantes para otros lectores.
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UN TALENTO CELEBRADO Y OTRO RECORDADO
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