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33 años Profesora de Universidad En Miami desde 1998 |
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Tan rojo como el amor Lo del rojo y los peluchitos es universal. Una muestra fehaciente y patética de este mundo globalizado, o de que jamás nos despegaremos de ciertas cosas (así nos metamos debajo de la cama y nos tapemos hasta la nariz). En fin, pensé que aquella diarrea de rojo el 14 era “Made in Dominicana”, hasta que el 14 pasado vi en la calle 8 a una cubana de senos prominentes y pestañas tan largas como una vara de pescar, agitar al aire unas uñas postizas rojísimas que tenían estampadas un corazón y una flecha. Así comenzó aquel fatídico día. Juro que esto no es resultado de la frustración que han dejado los amores que han salido mal (casi todos) y mucho menos de esta vejez prematura que padezco (mi hijo se empeña en recordarme la edad a cada paso: cuando se lava los dientes, juega en el DSi o ve televisión, como si se tratara de una maldición). No, no es eso, es mucho más profundo y complejo. Llegué a la oficina a tiempo para “la sorpresita”. En medio de la mesa de reuniones se alzaba, como el imperio de Donald Trump, un bizcocho rojo bordeado por fresas teñidas de rojo (como si las fresas no fueran rojas). La iniciativa para celebrar el amor (ajeno eh, porque lo que soy yo, sólo estoy enamorada de un restaurante indio que han abierto en la esquina) incluía unas simpáticas blusitas rojas con un pequeño Cupido bordado en el extremo izquierdo. Todas ellas talla S (si Pamela Anderson me hubiera visto con aquello, hubiera estado orgullosa). De repente y aplicando la vieja táctica personal de salir de la escena para analizar desde lejos, me vi ridículamente sentada en una sillita roja, con una provocativa y sensual blusita roja, comiendo un rojísimo bizcocho y de seguro con la boca llena de suspiro rojo. Fue entonces cuando entraron la recepcionista y secretaria con un osito rosa con un corazón escarlata en la cabeza. “No queremos cerrar este momento tan especial sin antes abrazarnos. Abrazarnos para celebrar el amor al prójimo, a nosotros mismos, a la suerte de estar hoy aquí, a la vida que de seguro nos depara grandes momentos que compartiremos una y otra vez”. No podía dejar de imaginar a mi jefa en panty y brasier, acabada de levantar y sin maquillaje aún ensayando aquellas palabras frente al espejo. Una mezcla de Paulo Coelho y José Angel Buesa. Y vino lo que terminó de definir lo que soy. Nos abrazábamos. Se fueron sumando los que pasaban, los de las oficinas vecinas y hasta los que habían confeccionado el bizcocho y servían el café. Una masa rojísima y enamorada. Peluche en mano y flecha en el corazón. No sé por qué empecé a llorar (imagino que de vergüenza) y la cosa se fue empeorando hasta que todos me rodearon con sus brazos. Allí, en el centro, ahogada, me prometí enfermarme cada 14, meterme bajo la cama y taparme hasta la nariz.
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UN TALENTO CELEBRADO Y OTRO RECORDADO
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