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Sueños en Miami

El día que se mudó al naranja puso en Facebook aquel cartel de una niña soltando un globo rojo con una frasecita al lado que decía: "Ser bueno no es sinónimo de ser idiota. Ser bueno es una virtud que algunos no entienden".
Actualizado 12 de febrero, 2013
Limay González, Profesora de Universidad, En Miami desde 1998
Una hora después ya tenía 23 likes (ya saben, el dibujito del dedo hacia arriba). Cuatro meses antes había aterrizado en la sudorosa Miami con una maleta de vinyl y 120 libras, cabello negro, la ingenuidad al cuello y una falda corta que debía reacomodar todo el tiempo para no dejar al aire sus muslos mal afeitados, grotescos. Alicia (y no precisamente la que se zambulló en el túnel tras el cotizado conejo blanco). Cuatro meses después hacía las camas de un hotel, jugaba la loto cada sábado, se depilaba, su cabello era naranja atrevido, se sacaba las cejas con hilo y tenía licencia de conducir. Creía tanto en Dios como en Amway, donde escalaba la pirámide con uñas y dientes, aferrada al triunfo con los ojos cerrados y el pecho apretado. Veneraba a Paulo Coelho y cada mañana sus buenos días era una frase optimista posteada en su muro. Y los likes se le sobraban. Likes de otros como ella que se aferraban a una palabra, una niña con globo, una pirámide y a un pomo de vitaminas naturales con poderes nunca antes visto. Histriónica. Aurora. Actriz fracasada por puro fatalismo geográfico e incomprensión social. Llegó con la cabeza envuelta en la misma bufanda de “laster” con el diamante de plástico que le conocí en los 80. Aretes largos a juego con un collar falso y un vestido entallado que dejaba adivinar que algún día había sido tremenda hembra. Necesitó 70 años para desembarcar en Miami y dos para que la soledad y la tristeza se la tragaran. Extrañaba a los vecinos, el café violado, la bulla en la esquina, el perro sarnoso que se orinaba cada noche en su portal, el chisme, las peleas, la pared descascarada durante 70 años y el lado de la cama hundido y apestoso. Histriónica. Decían los que la veían y ella recitaba aquel verso viejo y rancio: "Volver, quiero volver a sus brazos…"
"Por qué te deprime, si la belleza no deprime", dijo mientras el violín de fondo me volvía trizas. Y aprovechaba para hablar del pasado. Y cuando lo hacía, le brillaban los ojos y se volvía niño y frágil y parecía feliz. Llegó y triunfó. Camisa azul a rayas, barba de dos días y brazos en la cabeza par atraer las metáforas, a los santos y a los amores perdidos. Casa, carro con millas suficientes para ir a New York y volver por carretera. Amigos y dominó algún sábado y una salsa cubana de esas que te encienden el coco de vez en vez. Una ventana abierta en la noche con vista a un lago artificial. Un vino sin abrir en la cocina. La certeza de que lo puede todo. Futuro.
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