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Navidades al sol

Hacía mucho que no tenía esta nostalgia tibia abrazándome la piel.
Actualizado 15 de diciembre, 2012
Mijaíl Peralta, Periodista, En París desde 2009
Desde la última vez que pase navidad en Santo Domingo, nada menos que la de 2006. Hoy, piso con delicadeza los destellos de luz de los arbolitos de plástico y sus bombillitos ardientes, cuyas llamas se convierten en un paseo por mi vida, enterita.
 
Diciembre es una excusa para venir, muy a la usanza del dominicano-que-vive-fuera. Diciembre y una agenda de cosas sugeridas por el azar y el indetenible paso de la vida de los demás, que lejos de detenerse, sigue, evoluciona, muda la piel. Una pareja de novio desemboca en matrimonio. Proyectos personales. La necesidad de ver caras conocidas, caras frescas, caras agradables.
 
Una noche antes de salir de París (el frío es una escayola gigante que me cubre todo), embuto en una gran maleta los regalos de Champs Elysée. Perfumes, chocolates, zapatos. Luego, mis tristes cosas, que esperan pronto quemarse al sol; que esperan cerrar los ojos, brincar nueve horas en la autopista del cielo y volver a abrirlos enfrente de un Caribe plano (ironía), azul, inodoro e imponente. Pero aun estoy en Paris. No tengo arbolito de pino, ni luces ni Santa Claus de algodón. En altavoz, Majo me dice que quizá no aguante hasta enero. Su vida parisina no tiene Navidades, dice, y es insoportable para una argentina nochebuena a menos no se cuanto grados. La oigo y río. ¿Y mi vida parisina, termina aquí? Ella me pregunta cuando vuelvo, le explico lo del pasaje de ida, lo de la incertidumbre del regreso, las ganas de provocar que París me haga falta, como parte de este raro plan que consiste en ir “des-parís-tizandome”. Estas re-mal, dice. Río. Ella ríe y colgamos. Cierro la maleta. El primer salto me lleva a Madrid. Floto en una escala en la que perdí 3 horas de mi vida, entre WiFi malo y el deseo insondable de viajar en metro 50 minutos al interior de la ciudad y tocar una puerta que creo que nunca más tocaré. Me acomodo en la idea de que este viaje esta lleno de revelaciones, que me va a rejuvenecer. Es una idea boba.
 
Nos vamos y llegamos entre aplausos de los dominicanos de Italia y Suiza (mi diáspora favorita) dedicados al piloto y su genial aterrizaje. Una vez más descubro que no le temo a los aviones. Con mis maletas en la mano, mi papá me descubre más gordo y peludo. Me reprocha. Él esta viejo, pero callo. Me abraza y me obliga a ir contándole todo mientras surcamos el mar Caribe, negro y plano. Llego a casa. Pienso en París. En sus luces y su frio. En mi regreso, con escala en Madrid. Abrazo a mi mamá y pienso: eso puede esperar. Ya recuerdo la Navidad.
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