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Mi picnic en París

Nunca fui madrugador, ni lo seré.
Actualizado 18 de junio, 2012
Mijaíl Peralta, Periodista, En París desde 2009
Pero hace un par de domingos, boca arriba como estaba, taladrando el techo con una mirada somnolienta, despegando “contras” como cadillos de mi ánimo, no sólo decidí ir al parque (sol intenso con un cielo azul y limpio de nubes) sino a “integrarme” con los “míos” a un picnic dominicano que prometía, aunque yo no supiera del todo el qué. Antes de llegar al picnic había una parada obligada que consistía en llevar bebida. Y reflexioné acerca de que, primero, la cantidad de bebida que necesitas para ser el centro de atracción en un supermercado es exactamente la que yo había adquirido y, segundo, que como los dominicanos no somos muy de picnics por los problemas  endémicos (exceso de hormigas y calorón por descontado), quizá esta “fiesta” no debería llamarse picnic. Y efectivamente, allí, en el Parc de la Bagatelle lo que había no era un picnic, más bien un monstruo tricolor, un apocalipsis con aroma a chivo guisao, la joie de vivre a la dominicana. Y obvio que me asusté, yo, figurín creidito que no sale de Montmartre ni por error, pero a la vez fui presa de los recuerdos y de la nostalgia. Pero ya aclimatado (condición lubricada por una cantidad notable de Kronenbourg), fui testigo en directo de la colonización de aquel hermoso y centenario parque de las afueras de Paris, que llevaba como estandarte el softball y como himno la paranoia musical de Chimbala o de Nipo, por citar un par de las decenas de cantantes que la “dicolai” a volumen legal expuso toda la tarde.  Y parece que es el dembow lo que motiva a los Criollos de París, que entre “palo y palo”, ganaron a unos sorprendidos japoneses que seguros pensaron que cuando se juega softball sólo se traen equipos deportivos y no el set-bar de un barman. Y claro, cuando los peloteros recibieron su trofeo la fiesta se relanzó y todos nos metimos a bailar este ritmo endemoniado que hace que uno no sea uno sino lo que la libido quiera. A este punto de las kronenbourgs, ya yo estoy feliz, pese a no saber si debía bailar con los pies o diciendo que sí. Poco importó. Me arrepiento de haber empezado este día con tanto desdén. Porque, mis queridos amigos, no sólo fue esa alegría propia de aquel que festeja, ni tampoco que aproveché que Roberto estaba haciendo un poco de argent de poche con su abejón y sus peines en plena fiesta (me pasé la 3 por la cabeza entera). Más bien, porque la distancia sí es el olvido y todo este tiempo lejos de casa comienza a desfigurar aquello que yo conceptualicé acerca de los míos y hasta de mí mismo.
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