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Mi buen cuerpo

Actualizado 18 de junio, 2012
María Virgen Gómez, Editora, Santo Domingo
Siempre he querido tener un buen cuerpo. De niña y adolescente aspiraba la delgadez de la que gozaban algunas de mis amigas, para poder bañarme en piscinas y playas sin complejo alguno. Trataba de comer menos y de hacer ejercicios, aunque me era muy difícil. Así me mantuve durante muchos años e incluso llegué a participar en un campamento para bajar de peso que a finales de los años 80 organizaba un conocido endocrinólogo dominicano. 
 
Recién inscrita en la universidad, conseguí trabajo como presentadora en un programa de televisión juvenil. Fue entonces cuando descubrí que la pantalla chica aumenta a la figura humana nada más y nada menos que diez intrusas libras, y me dispuse a adelgazarlas en la vida real antes de que se duplicaran en mi físico a través de los rayos catódicos. 
 
Con el paso del tiempo me convertí en una mujer sin sobrepeso pero en estado de dieta permanente. Cuando me puse por primera vez un bañador de dos piezas contaba con 23 años de edad y una autoestima equilibrada. Creía que, finalmente, había alcanzado la meta de “tener un buen cuerpo”, porque ya me veía delgada, muy consciente, eso sí, de los “defectos de fábrica” determinados por mi ADN: ni mucha cintura, ni mucho busto, ni mucha retaguardia.   
 
Pero me sentía bonita, de eso no había duda. Recuerdo con gracia y hasta ternura la vez que, de novios, le pregunté a mi esposo que si no creía que mi figura era similar a la de una modelo fotografiada en un calendario que llegó a nuestras manos. Me dijo, con cariño e intentando no mentir demasiado, que sí, que nos parecíamos, pero que mi cuerpo era “más moderno” que el de ella. En el tiempo que llevamos juntos y aunque nos hemos reído de ese episodio muchas veces, confieso que aún no sé qué quiso decir él con la palabra “moderno”, y tampoco me he esforzado en averiguarlo.
 
La realidad es que mi concepción sobre lo que es tener un buen cuerpo fue cambiando con el paso de los años. Cuando salí embarazada, mi prioridad era alimentarme bien para que a mi bebé no le faltara nada. Ahora creo que, a pesar de los kilos que aumenté, durante esos 9 meses logré un maravilloso aspecto, por la vida que dentro de mí crecía, por lo sana que estaba, por la comida basura que evitaba y por los alimentos saludables que integré a mis comidas diarias y que antes ni advertía. 
 
Hace unos días, en el vestidor de una tienda local y durante una intensa sesión de cambios de ropa linda, me detuve a observarme con detenimiento de pies a cabeza en el amplio espejo. Me sentí a gusto y a disgusto. Y en un momento hasta recordé la escena de Meryl Streep en “Los Puentes de Madison”, cuando ella contempla su cuerpo desnudo en el espejo de su habitación, con la alegría evidente de quien acaba de descubrirse hermosa, impulsada en este caso por la energía de un nuevo amor.
 
En fin, que siempre he querido tener un buen cuerpo. Sin embargo, ahora ese deseo tiene una connotación más sensata, donde la salud y el físico caminan de la mano. Quizá por esa búsqueda mía, que tanta gente comparte, surge la idea de esta edición especial dedicada al organismo humano: esa casa particular que es preciso cuidar para que sea bella por dentro y por fuera. 
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