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28 años Periodista En Madrid desde 2010 |
 |  |  |  |  | Actualizado 15 agosto 2011 Madrid |  |  |  |
La spanish revolution Aires de cambio soplan en España. De pronto, cuando casi nadie lo esperaba, la indignación ha roto el dique y una marea de personas se ha lanzado a las calles para expresar su descontento ante el actual estado de las cosas. Todo empezó el pasado 15 de mayo, pocos días antes de las elecciones municipales y autonómicas, cuando un grupo de ciudadanos convocó manifestaciones simultáneas en más de 50 ciudades del país ibérico. Aquellas concentraciones fueron el inicio de lo que ya conocemos como el movimiento 15-M; o, como prefieren algunos, de la spanish revolution. Desde entonces se han sucedido numerosas movilizaciones sociales en todo el territorio español, se han montado acampadas en plazas públicas y se han articulado comités de lucha en algunos barrios de las principales urbes. El ejemplo más contundente de la vitalidad del movimiento fueron las concentraciones del pasado 19 de junio, que sacaron a las calles de España a más de 200 mil indignados. Ese día Mario también salió a la calle. (Llamémosle así para evitarle inconvenientes) No lo hizo para protestar, por supuesto, sino por interés periodístico. Al llegar a la manifestación, se acercó con cautela: a una amiga de un amigo le rompieron la nariz en Salamanca; y a otro amigo de un amigo le pidieron los papeles. Las cosas así, Mario se adentró en aquella marea de inconformes con el temor en todo momento a que la policía lo sacara de allí a porrazos (la manera española de decir macanazos) y lo metiera en una furgoneta rumbo a un centro de detención de inmigrantes. Al poco rato, sin embargo, el calor sofocante se le hizo insoportable, así que se fue a refugiar a la sombra de un edificio aledaño. Lejos ya de la marcha, a una distancia prudente de los antimotines -por si acaso-, se puso a pensar entonces en las razones que han originado este movimiento. Con cinco millones de desempleados y ante la implementación de nuevas políticas de recortes sociales –reflexionó allí Mario-, los españoles tienen motivos de sobra para quejarse, sobre todo los jóvenes que ven cómo el Estado del bienestar en el que han crecido se les viene abajo. Pero, como nunca puede evitarlo, enseguida se puso a comparar la situación de España con la de República Dominicana. Se detuvo al instante: la comparación se le hizo burda, grosera. Si ellos salen a protestar, se dijo, por qué no lo hacemos nosotros que cuadruplicamos a los españoles en razones por las cuales lanzarnos a las calles. ¿Qué más hará falta –se preguntó- para que armemos en Santo Domingo nuestra propia dominican revolution? Indignado (ya ven: esto de indignarse es contagioso), Mario volvió entonces a la manifestación y se unió al coro de consignas como si en vez de estar en una plaza española estuviese parado en la misma Bolita del Mundo.
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