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La soledad de febrero

Mi amiga tiene un hijo y está divorciada.
Actualizado 12 de febrero, 2013
Mijaíl Peralta, Periodista, En París desde 2009
Es artista, buena artista, y ahora tiene una posición económica holgada que le permite tomarse vinos de más de dos cifras. No es fea, muchos dirían que es linda, y tiene la gracia foránea pegada a su piel mate, que de leguas deja saber de dónde viene: de allí donde el sol pega fuerte. Mi amiga está sola. Sola en su cama, sola en su vida. Y no quiere estar sola: busca un novio. Lo sé porque, hace poco, envuelta por un torrente de entusiasmo, desató en Facebook (primero Facebook, luego existo) un debate bastante jugoso al clamar sin prejuicios y sin arrepentimientos: “yo quiero un novio”. Minutos después de descabezarse de tal manera, Mi Amiga recibió en el comentario un sinnúmero de “Me Gusta” y no menos cantidad de comentarios. Días después, nos vimos. Nos encontramos en casa de este amigo que hace fiestas a la luz del sol. La música alegrísima contrastaba el gris redondo y potente del cielo húmedo. Coloqué mi vino de pocos euros junto al bosquecito de botellas de diversas denominaciones de origen. Allí vi un Château La Grace Dieu sin abrir y entendí que Mi Amiga estaba cerca. No sin antes abrir aquella botella, descubrí la enjuta presencia de la artista que venía hacia mí (¿o hacia la mesa de vinos?) más borracha que digna. Nos dimos dos besos y nos miramos a los ojos cuando chocamos nuestras copas plásticas, por aquello del mal sexo. “¡Al menos tendría sexo!”, explotó de la risa. Reí. He de confesar que nunca pensé que una fiesta No San Valentín (como era ésta) podría atraer tal cantidad de persona, creo que le comenté. Ella me miró como quien ausculta y me dijo que la soledad es la bacanería de todos los espíritus geniales, y dijo que cree que Schopenhauer dijo eso y yo le dije que creo que usó esas palabras. Explotó de risa y se fue a bailar. Se acercó a un chino con lentes que no supo cómo manejar tamaña tarea y se le despegó. Yo, saboreando aquel magnífico crudo, no pude dejar de pensar en su frase en Internet. Me di cuenta que el “sol” que nos “alumbraba” en esta tarde de fiesta iba desapareciendo detrás de ese manto de nube que cubre París, y quizá con ello el final de la fiesta. Como buena fiesta que era, la gente se iba a empatando. Cuando yo discutía de cine en la esquina opuesta a los tragos (por la salud y por respeto a los demás), vi a mi amiga irse de brazo con un fulano. Ella blandía mi vino de pocos euros, me sonrío y movió los hombros al ritmo de The Shoes. Me volví a mi interlocutor y respondí qué me parecía a mí el nuevo cine húngaro. La soledad es la mala suerte de los espíritus excelentes, me lamenté.
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