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33 años Profesora de Universidad En Miami desde 1998 |
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La noche de los aviones Mi cuarto tiene una inmensa ventana (bueno, en realidad cualquier cuarto del mundo tiene una inmensa ventana). Pero aclaremos. Un tercer nivel, una ventana corrediza que va del piso al techo y la vista al cielo. Otro detalle: vivo cerca del aeropuerto. Y aquí vamos. Las noches son un ir y venir constante de lucecitas, inmensos aparatos de metal empequeñecidos por la distancia, leves, inofensivos. Pero ese no es el caso. El caso es jugar a adivinar qué pasa en la cabeza de cada uno de los que lo habitan. Y ahí está la magia. Viernes en la madrugada. Un pedacito diminuto del cielo de Miami (o tal vez no es tan diminuto y ahora parece que cabe en una mano) y un avión que pasa lo más cerca posible a tierra, tan cerca que podría ver las ventanillas, medirlo, pensarlo, sentir el estremecimiento o la calma de los que lo habitan. Entonces empieza el juego. Tiene 64 y ha acabado de enviudar. Cáncer, el mal eterno. Cierra los ojos y la siente apretándole la muñeca en el momento del despegue, cuando el avión se vuelve una montaña rusa y el estómago se te sube a la garganta. Ana llamó a una amiga el día que los vio paseando de la mano como dos adolescentes, pero así había sido siempre. Ahora viaja solo. Y la verdad, no sabe bien cómo seguir. Se va de vacaciones solo como un homenaje a ella (ni siquiera sabe por qué). Cuando abre los ojos solo ve la cabellera de la chica de al lado, demasiado joven, demasiado triste, demasiado vulnerable. Si él supiera que ella no duerme. Ahora ella despega un poco los párpados y alcanza a ver el mapa de ruta. Están llegando a Miami. Una escala de cuatro horas antes de llegar a New York, donde no la espera nadie. El metro mugriento, las ratas que se pasean por la escalera y la casa con olor a humedad. Trata de acomodar los pies y roza a la azafata que hace su séptimo recorrido desde que despegaron en Londres. “Disculpe”. La mujer la oye pero ni la mira. Tendrá casi 50 años. Parece agotada. Sabe que su marido debe estar con la amante a estas alturas, pero intenta no pensar en ello. Ambos volverán a fingir, tendrán sexo de una manera que con sólo pensarlo se estremece y con suerte cenarán juntos antes de que ella salga nuevamente. Mira a la de 30 que se arregla el cabello en clase ejecutiva y la envidia profundamente. Envidia sus labios perfectos, sus brazos ágiles, esa sonrisa de oreja a oreja. El hombre a su lado que no ha parado de acariciarla. Esa mujer debe ser feliz. El capitán anuncia que Miami está allá abajo, que se pueden ver sus luces, que la temperatura es 27 grados y que todos son bienvenidos a la llamada Ciudad del Sol. Las vidas se acomodan, las tristezas, los estallidos de felicidad, la resignación. Todos aterrizarán en este vuelo de perfectos extraños. Eso es lo bueno de tener una ventana que va desde el suelo hasta el techo y de vivir al lado del aeropuerto. Y de ver cómo van y vienen los aviones, tan conocidos, tan perfectos.
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Recuerde que las sugerencias pueden ser importantes para otros lectores.
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