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La niña más bella del mundo

Me miró con los ojitos perdidos en medio de su carita hinchada.
Actualizado 29 de octubre, 2012
Limay González, Profesora de Universidad, En Miami desde 1998
Seguía siendo bella. Genuinamente bella. A esas alturas no tenía nada que ver con las niñas de los catálogos (ni rubia, ni delgada, ni posada, ni fría), pero poseía una belleza tal que era imposible no rendirse ante ella. Era cálida, real, tierna. La abracé con cuidado, con temor a que aquel abrazo la quebrara. Como muchas otras veces iba de rosa, con una carterita que no dejaba de apretar y una flor inmensa en la cabeza. La ayudé a subirse en la silla. “¿Quieres pintarme las uñas?” Sonrió. La dejé. Sus manitas fueron avanzando lentamente dedo tras dedo. “¡Son bellas, están perfectas! Ahora yo a ti”. Era coqueta. Tan coqueta que me avergonzaba ante ella por mi cabello despeinado, mis manos mal arregladas, la ausencia total de maquillaje que me hacía parecer diez años mayor. Luego, ella misma sacó de su carterita un brillito rosa y se lo pasó por los labios. Era una niña buena y hermosa. Detrás de aquel inmenso cansancio, brillaba. Miró a su mamá e hizo una mueca. “Me ayudas a bajar las cosas. La tengo que cargar porque se siente mal”. Julie es delgada (aunque ella insista en mostrar una incipiente barriguita cuando hablan de hacer dietas), una chica espectacular, que fue aprendiendo a ser feliz ante las pequeñas victorias, a llorar  solo lo necesario, a enojarse con la vida y luego pasarle la mano, a apoyarse y servir de apoyo, a tener fe. Sujeté sus cosas y ella rodeó a Amanda con sus brazos y puso sus piececitos alrededor de su cintura. Caminamos por el pasillo frio, tomamos el elevador, salimos al parqueo atestado de carros, a las 12 del mediodía, bajo ese sol despiadado de Miami que te levanta la piel. Mandy cerraba las ojos y se quejaba bajito. Julie apuraba el paso y yo tras ella. Llegamos al carro, la acomodó y enfiló al hospital. Fue la última vez que vi a Mandy.
 
Hoy he ido a su misa y luego al cementerio. He oído unas tras otras las oraciones, los cantos, el llanto disimulado de hombres y mujeres, he visto el movimiento lento de las rosas cayendo sobre ella, las caras tristísimas de sus primitos, la madre que se apoya en el padre para levantarse, el padre que aprieta la mano de la madre, el hermanito que no entiende mucho qué pasa y que le han dicho que ella irá a otro lugar y quién sabe si allá también hay columpios y jardines y zoológicos.  He tratado de no cuestionarme ni lo real ni lo divino. De aprender muy bien el camino que lleva hacia donde descansa para regresar siempre a contarle un cuento. He regresado a  casa, he preparado la comida, he ido a buscar a Alejandro a la escuela.. fregar, organizar, bañarme, vestirme. He sentido que la rutina sabe diferente, que lo grave se vuelve leve, que no importa si él no quiere y que algún día sucederá o no. En la cama, le he contado a Ale de aquel día en que la niña más bella del mundo me pintó las uñas. Le he prometido irla a ver. Así será.
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