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Espía de tendencias / La moda a mi modo /
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La imagen y sus teorías

Desde hace unos meses tengo una fascinación con la palabra "stunning".
Actualizado 10 de diciembre, 2011
Cherny Reyes
Un anglicismo tan melódico y cadencioso para la lengua, que lo repito incluso en las ocasiones en que no viene al caso. Tanto que, en su momento, se convirtió en un virus entre mis amigos. Aunque la palabra no es de invención reciente ni una aportación novedosa en el vocabulario de moda, este año fue cuando me enamoré de ella, cuando la oí salir de la boca de Kelly Osbourne, con su acento deliciosamente británico.
 
Desconozco la etimología (Dios, esto tiene pinta de ponerse serio y aburrido) de este adjetivo que puede significar al mismo tiempo deslumbrante, abrumador, despampanante, llamativo… pero tiene tanto encanto y desconcierto como el que produce el concepto dress to impress. El otro día veía el documental (este es el momento en que ustedes piensan que me la ‘toy’ privando de intelectual), Straightlaced, que gravita en torno a lo estereotipada que está la imagen entre los adolescentes de Norteamérica, una sociedad en la que muchos piensan nadie se mete con nadie. Mentira. Escuchar el testimonio de un chico heterosexual que fue acusado de gay, porque en invierno usó un fular para contrarrestar el frío, me puso a pensar en las erradas percepciones que tiene la gente sobre lo que usas al vestir. Y descubrí que para muchos de esos chicos del documental la decisión de vestirse es más arriesgada que invertir en la bolsa de valores.
 
Straightlaced
 
Pero eso no sólo pasa con ellos. Todos tenemos un miedo intrínseco de proyectar una falsa imagen de nosotros mismos. Hay tantas teorías sobre la imagen que se supone es la correcta que acabas confundido. Muchos afirman que tu imagen debe ser aspiracional. Traducción: debes vestirte para lo que quieres lograr. Es decir que si tu meta es Victoria Beckham, ¿sólo tienes que comer media hoja de lechuga al día, nunca dejarte fotografiar embarazada y ser desdeñosa con la gente? Otros postulados, más cercanos a la escuela del egocentrismo, señalan que tienes que centrarte en ser un imán para la gente, mostrarte accesible y misteriosa. (¿Cómo diablos se logra conjugar dos conceptos tan diametralmente opuestos en una blusita que está en descuento en Zara?) Yo me pregunto: ¿Es cierto entonces que nos vestimos para otros? ¿Para seducir, para ganar una posición laboral, para los amigos? ¿Todo está tan inconscientemente premeditado, tan matemáticamente calculado cuando compramos ropa? ¿Usamos a los otros como espejo para la autoaceptación?
 
Dicen los que han hecho investigaciones raras, en esas universidades raras de Estados Unidos, que las mujeres que se obsesionan con la imagen tienen una autoestima baja o débil y salen al “exterior” a buscar solución a su problema, persiguiendo una imagen ideal a la que parecerse para compensar así la falta de seguridad en sí mismas, porque buscan ser aceptadas. Pero lejos de encontrar soluciones, tropiezan con una infinidad de trabas, porque las exigencias son cada vez mayores (la talla dos de hace unos años es ahora la cero) y nunca es suficiente lo que se consiga: el mensaje es que siempre se puede estar mejor.
 
Todavía hay otra teoría más: la de vístete para sentirte feliz. La que me gusta. Yo pienso que todos podemos lucir stunning si hacemos coincidir lo que sentimos con lo que nos gusta y queremos, olvidándonos de patrones rígidos y mentes ajenas, al final lo que importa es que te sientas cómoda en tu propia piel y si lo logras, lo proyectas (dicen los expertos).  
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