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La filmoteca de Alejandría

EL PELIGRO QUE CORRE LA COLECCIÓN MUNDIAL DEL CINE EN LA ERA DE LA PROYECCIÓN DIGITAL
Actualizado 18 de junio, 2012
Emilio Gómez
Ver Ágora, lo más reciente de Alejandro Amenábar, me puso a pensar en cuán horrible sería si perdiéramos por completo el material fílmico de toda nuestra historia cinematográfica. La película de 2009 muestra el saqueo de la Biblioteca del Serapeo, hija de la legendaria Biblioteca de Alejandría y el repositorio definitivo de todo conocimiento científico del mundo antiguo. La biblioteca original fue incinerada por los romanos en el año 48 antes de Cristo, pero gran parte de su contenido existía en la Biblioteca-hija cuando ésta fue saqueada en 391 por los cristianos. Como resultado, muchos avances de medicina, astronomía, física, filosofía y otras ramas fueron perdidos en la Edad Media, desarrollados luego por otros investigadores durante el Renacimiento y las épocas subsiguientes. De no ser por ello, quizás la humanidad hubiera llegado al espacio hace siglos.
 
Amenábar muestra en su filme al planeta Tierra desde el espacio y a los seres humanos como hormigas. En esencia nos recuerda lo insignificantes que son nuestra existencia y nuestros logros en referencia a la totalidad del universo. Nuestra idea de inmortalidad es dejar un legado a las generaciones futuras—un clásico literario, la cura de una enfermedad, un logro político—y lo cierto es que todo ello se reduce a información digital en la actualidad, ceros y unos que pudieran desaparecer de la memoria colectiva con mayor facilidad de la que pensamos.
 
El cine no es la excepción. Los estudios de Hollywood, en un intento de abaratar costos y contrarrestar la piratería, ahora sólo lanzan sus nuevos estrenos en digital (a diferencia del celuloide de 35mm) y transfieren sólo los títulos más populares de su catálogo al nuevo formato. Esto obliga a las salas de cine a cambiar su sistema de proyección análogo para poder competir. El método es sin duda más barato—una copia en celuloide cuesta 1,500 dólares y el paquete digital es sólo una décima de ese precio—pero mientras los estudios gastan menos, los teatros invierten más en la instalación, mantenimiento y actualización de estos sistemas electrónicos. Una sala de cine pequeña que no tenga el capital para hacer el cambio se verá obligada a cerrar sus puertas.
 
La bóveda de cine en la biblioteca del campus Westwood de la universidad UCLA. (FOTO: Fuente externa.)
 
Ese es uno de los problemas expuestos en un artículo, escrito por Gendy Alimurung y publicado en abril por L.A. Weekly, sobre las repercusiones negativas que la transición a digital ocasionará. La mayoría de las preocupaciones que plantea la reportera son válidas (como la gama más amplia de colores que presenta una proyección en celuloide comparada con una digital), pero son debatibles hasta cierto punto e importarán poco a los individuos que disfrutan de las copias piratas, las pantallas pequeñas y el streaming por la web. Los datos que en verdad merecen nuestra atención tienen que ver con la fragilidad del formato en sí.
 
Quien haya borrado sin querer un documento de su computadora o sufrido una falla de disco duro conoce el peligro de sólo tener su información en digital. Durante la producción de Toy Story 2, por ejemplo, un técnico ejecutó por accidente un comando que borró por completo la película de los servidores de Pixar. Años de trabajo, y quizás toda la empresa, se hubieran perdido de no ser porque una supervisora había dado a luz y solicitó una estación de trabajo y una copia del proyecto para trabajar en su hogar.
 
Si una joya muda como La passion de Jeanne d’Arc no estuviera transferida a digital, las generaciones actuales y futuras no podrían admirar la cara expresiva de Maria Falconetti. Si, por lo contrario, todas las películas estuviesen sólo en digital y un incidente mundial deshabilitara los dispositivos electrónicos, la obra de Carl Theodor Dreyer, junto al resto del cine, desaparecería para siempre. Las repercusiones son alarmantes.
 
Sí, el celuloide es volátil, sensible a la luz y a las ralladuras, pero almacenado en un lugar frío y seco puede subsistir por mil años o más. Alimurung menciona en su texto la biblioteca del campus Westwood de la universidad UCLA, cuya bóveda de cine, la segunda más grande en Estados Unidos, almacena en su colección carretes de películas donados por los estudios y por entusiastas del séptimo arte. La existencia de una moderna “filmoteca de Alejandría” con puertas gigantes de metal me consuela un poco. 
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