|    Síguenos en:  
Síguenos en Facebook  Síguenos en Twitter  Síguenos en Google+  Síguenos en RSS
 
Blogs / Outsiders /
Compartir: Enviar a un amigo  Síguenos en Facebook  Síguenos en Twitter  

En carretera

Nos fuimos a Tabasco este fin de año.
Actualizado 12 de febrero, 2013
Ciudad México
El 18 de diciembre tomamos la carretera hacia el sureste mexicano y viajamos diez horas hacia Villahermosa. Es tan distinta la carretera en los continentes. En la isla se viaja sabiendo que el camino te lleva al océano o al mar, inevitablemente. En la isla todos viajamos con el agua, atravesamos paredes, postes, edificios;  y agujereando muros, vamos dejando marcas como las inundaciones, todos juntos en una migración isleña que sólo nosotros conocemos. El isleño trae algo del mar en la sangre y el arrullo de las olas es lo que mantiene en paz a nuestros muertos. Uno va escuchando música sobre la carretera, platicando de los planes, alguien cuenta una historia que parece más un embuste; y de repente, al costado de alguna montaña, se asoma el mar como si estuviera celoso, como si nadie se acordara que vamos recorriendo una isla. Entonces uno lo sabe. Estamos sobre la isla. Si no se viene el mar en el camino, al menos se siente su ritmo presionando las costas, las montañas, también las autopistas. Una carretera en el continente deviene en otro viaje. El océano sigue cercando las orillas y se sabe, pero está lejos, demasiado distante como para imponerse entre tanta tierra. A casi tres mil metros sobre el nivel del mar las montañas lucen más antiguas, algunos creen que son viajeros que hace cien mil años se quedaron allí varados y el tiempo los fue agrandando. A esta altura, los ecosistemas son más ostentosos. Si uno vigila el ambiente a través de la ventana, podría escuchar el herbaje tan confiado de sí. Los que hemos recorrido esos caminos conocemos ya el secreto de su orgullo: aquí el agua sólo llega desde el cielo. Las inundaciones que puedan surgir de las tormentas seguirán su curso natural, que es tierra abajo; así que ningún mar, ningún océano jamás traerá aquí algún naufragio. Después de cuatro horas de atravesar montañas, bajamos a la planicie. Ya estamos casi al nivel del mar y en ciertos trayectos la carretera se puede ver de frente como una serpiente extraordinariamente larga; así es como uno sabe que, igual que los hombres, existen caminos sobre la tierra que no quieren terminarse. A mí me empieza a doler un poco más este viaje. Hay una grandeza escondida en este camino. Porque qué pueden importar tus dramas personales, si todo sigue hacia delante aunque no estés dispuesto a perseguirlo. El continente no es una isla gigante, no lo creo; el continente es duro, inmenso, te muestra lo minúsculo que eres. Allá en el sur, mucho más allá de lo que puedes imaginar, la vida existe, las carreteras llevan hacia otros lugares distintos del mar. Son demasiados pueblos donde detenerse a comer; muchos países, diferentes climas y horarios. Hay tanta gente allá que decidió seguir el camino tierra abajo, más al Sur de este Sur.
Volver arriba Volver arriba
Compartir: Enviar a un amigo  Síguenos en Facebook  Síguenos en Twitter  
Comentarios Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 


Publicidad


Revista U © Asalvo Comunicación. Todos los derechos están reservados.
Diseño por The Black Jaus & Emilio Gómez. Plataforma por WordPress.

Aviso Legal | Política de privacidad | Publicidad