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El regreso de Mai

Llegó con la melena mucho más revuelta y roja de lo que recordaba.
Actualizado 15 de agosto, 2012
Limay González, Profesora de Universidad, En Miami desde 1998
Lester no se pudo contener y le soltó: “Mai qué pasó, se te han encogido las tetas”. Y ella soltó aquella carcajada de antes. Mi amiga de los 20 hacía escala en Miami y el pasado se revolcaba como una puta en un lecho de oro. Eso tiene esta ciudad, siempre, en algún punto, se erige el reencuentro. Mai llegó de un viaje en botella por Suramérica, con un novio inglés y mochilero ocho años menor que ella y una funda con las cenizas de un tío muerto aquí que debía entrar clandestinamente a Cuba, “porque hija si saben que lo llevas te cobran un ojo de la cara”. Durante cuatro días “tío” (o lo que quedaba de él) sería uno más en la casa. Mi hijo le daba las buenas noches y le decíamos salud antes de cada vino que descorchábamos. Tío era inamovible, discreto a pesar de sus dimensiones y con aquel color blanquísimo (nada de gris). Habían pasado catorce años desde la última vez que Mai y yo nos vimos. Entonces ella vivía una eterna confusión: suicidarse o no; creer o no; teñirse o no; ponerse aquellas blusas negras de mangas largas en el verano del Vedado o enseñar una generosa porción de sus inmensas tetas para provocar a Ares cuando se sentaban en el banco de 21 y H. Yo era más aburrida: romántica, enamoradísima. Así y todo nuestra amistad era incondicional, completa. La Mai de ahora se sienta en el balcón para desarrollar su teoría sobre las relaciones; me habla de la verdadera dimensión de la vida, qué somos y qué dejamos de ser en el camino. Le cuento de aquel chiquillo que me dejó, del que yo dejé, de lo que espero. Somos las mismas. Eso tiene esta ciudad también. Le otorga un significado diferente al tiempo. Un día te tira al precipicio del pasado, poniéndote en el camino rostros que viste por última vez hace 20, 30 y hasta 40 años. Todo, para descubrir que bajo las arrugas, canas, pantalones ajustados, casas decoradas minuciosamente, bibliotecas con nuevos libros leídos, música escuchada, películas vistas, en esencia seguimos siendo los mismos. Al segundo día era como si jamás hubiéramos dejado de vernos. Mi vieja amiga se paseaba por la cocina preparando un salmón con pimienta y tomate. El inglés practicaba el español entre una manada de cubanos que gritaban y gesticulaban sin parar. Tío ya deambulaba con descaro por la casa (de lo contrario nadie se explicaría las cosas raras que sucedieron esos días). Al cuarto día, Mai viajaría a Londres con el inglés y tío, “en seis meses iré a Cuba, pero mientras tiene que ir adonde yo voy”. Habíamos intentado hacerlo pasar por polvo para un lavado gástrico, pero ni un elefante necesitaría tanto de aquello, así que ella terminó tirando la funda en la mochila y encomendándose al señor. Evitamos una despedida muy melodramática. Mai se fue agitando el cabello rizado. La vi otra vez bajando 23 hasta malecón. Nada mejor.
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