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El Popo

Tenía pocos días de haber llegado a México cuando me contaron la historia del Popo e Iztaccíhuatl.
Actualizado 18 de junio, 2012
Ciudad México

Recuerdo que andaba yo demasiado vulnerable y creo que incluso lloré un poco. La leyenda mexica dice que Popoca, un guerrero muy valiente, regresa del campo de batalla tras el triunfo y descubre que su amor Iztaccíhuatl ha muerto. Días antes de la llegada de Popoca, a esta joven mujer le mal informan que su prometido ha fallecido en la guerra y claro que el desamor la mata. A su regreso, el triunfo abandona a Popoca. El guerrero se detiene frente a la princesa, observa su cuerpo silencioso. Ha matado muchos enemigos en su camino, pero ahora es débil ante esta clase de muerte. Esa fragilidad caída sobre el amor (nada sucede si fija la vista en Iztaccíhuatl por más de cinco minutos, su boca vacía, no aparece la sonrisa, nada se contonea, el aire no entra allí, tampoco sale). A Popoca lo mata la tristeza. Su cuerpo permanece al lado de Iztaccíhuatl y los dioses se apiadan de ellos. Los cubren de nieve, los hacen volcanes. Popoca es el volcán Popocatepetl, que en náhuatl significa “montaña que humea”. Iztaccíhuatl es la mujer dormida, siempre custodiada por el Popo. Confieso que amo al Popo hace unos siete años. Lo vigilo, lo busco, como si en verdad fuéramos amantes. Extraño verlo por las mañanas desde el quinto piso de la calle Tabasco. Aquellos días, cuando el cielo sobre el valle se veía limpio, el Popo me miraba desde la ventana, siempre tranquilo, joven y viejo, blanquísimo, enamorado. Dicen que lleva más de 700 mil años allí junto a Iztaccíhuatl. Ahora el Popo anda cantando. Hace muchos años que el volcán no hacía erupciones fuertes, pero desde abril estamos en alerta amarilla por las emisiones de gases y cenizas. A Don Goyo, como le apodaron los mexicas, le ha dado por cantarle a su mujer; yo digo que celebran algo, sus bodas de pólvora, quizás, y digo que la fiebre del amor lo ha desbordado. Seguro sabe que hay algo de la muerte en el amor, algo de ceniza en los fuegos. Es la primavera además, y si se es feliz hay que decirlo. Por eso su canto es alto. Está llegando hasta el valle. Se siente una humareda tímida rodeando como un techo las calles. Yo le ofrezco mis manos porque el humo viene de muy lejos y se atemoriza. La verdad es que entiendo que el Popo cante hasta mi casa y miro animosa mi jacarandá. Ella ha empezado a corear al Popo por las noches, se ve contenta; y cuando amanece humedece sus flores en cenizas, como pan en el café con leche.

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