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El pájaro

Si el vecino no hubiera tenido puesta a Laura Pausini a todo volumen ("Hasta Hemingway tuvo sus líneas 'kitsch'", me dice para explicar su devoción por la italianita), tal vez hubiera escuchado el ruido mucho antes.
Actualizado 18 de junio, 2012
Limay González, Profesora de Universidad, En Miami desde 1998
Que tu balcón dé a uno de los lagos que pueblan Miami puede ser una bendición, pero sólo a veces. La noche anterior lo había sentido como un quejido lejano, tal vez el viento golpeando la ventana de cristal del cuarto o las hojas moviéndose, condenadas por lo que prometía ser una tormenta implacable. Pero ese día, en cuanto ella terminó su lamento “…tu mirada es una caricia más/
llega donde nunca ningún otro pudo estar…estarrrrrr” todo se vino abajo. El temblor de las paredes, los aleteos entre los cartones que dividen las habitaciones, las patas arañando la pared, la casa endemoniada, poseída. Busqué en el cuarto, pensé en lo romántico de un nido de pajaritos sobre mi techo y en la imagen de los pichones tratando de andar por primera vez, esperando a la madre, revolviéndose, abriendo los ojos (está de más decir que convertí semejante cuadro en una señal de triunfo futuro personal, renacer, despojo del pasado; en fin, que el entusiasmo colectivo por la autoayuda termina por comerte un poco el cerebro). Sin embargo, el chillido arruinó cualquier metáfora posible. Las alitas se iban convirtiendo en garras y los pichoncitos en cuervos empotrados en el techo, la cama, los muebles, la mesa, dispuestos a comerte los ojos hasta volverte nada. Para entonces todo lo llenaba la imagen de Goya Toledo convertida en Valeria por aquel accidente que hizo de ella una bella lisiada que busca a su perro bajo su piso de madera en Amores Perros. Siempre la he recordado. En los peores momentos he pensado en la sensación tan patética de aquella mujer que siente y escucha al animal bajo sus pies y abre huecos en la madera  sin encontrarlo nunca. Y juro que ese recuerdo me provoca un salto en el estómago, como ahora. Una, dos, tres horas más y la casa era un manicomio con olor a incienso y golpes que salían de rendijas y subían y bajaban las escaleras. Si no llega a ser por el amante de Laurita, hubiera abandonado aquel lugar para siempre. Martillo en mano abrió huecos, hurgó, metió sus dos manos en un vacío que se formaba entre pared y pared de mi propio cuarto y sacó al animal. Pude tenerle lástima, llorar su encierro de quién sabe cuántas horas en aquel lugar, su terror sin luz, casi sin aire, sin comida. Pero él agitaba las patas con tanta fuerza, luchaba, lanzaba sus garras, abría su enorme pico negro como si nos quisiera eliminar. Lo vi perderse sobre el lago al mismo tiempo que arrancaba del otro lado una de las canciones más melcochosas de la Pausini: “Créeme esta vez/créeme porque me haría daño ahora, ya lo sé…” Pensé que tal vez él podría regresar (el pájaro). Corrí a tapar los huecos de la pared y juré mudarme (esto último aún no he podido hacerlo, los lagos en Miami tienen su encanto, a pesar de todo).
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