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El discreto encanto de ser el segundo

Hay un discreto encanto en ser el segundo.
Actualizado 18 de junio, 2012
Cherny Reyes
Un gusto misterioso de ocupar el lugar reservado a la sombra de quien se sabe dueño de la escena. Un sabor del que solo Robin (el de Batman), Pablo Mármol (el de Pedro Picapiedra) y Hermes (la de Manuel) podrían explicar.
 
Los analistas corporativos opinan que las empresas que entran después a un mercado tienen más ventajas de ser exitosas que aquéllas que se inician como principiantes en un sector, porque evitan los errores de las compañías pioneras, aprovechan oportunidades que no tuvieron las primeras y están más cerca de la innovación. Lo mismo pasa con los ganadores o los que siempre dan la cara. Su protagonismo, en ocasiones, los eclipsa, les roba el enfoque y todo el mundo espera más de ellos y muchos no aguantan la presión. 
 
Sin embargo, sobre quien está un paso más abajo en la escala siempre queda la duda de que “quizá debió ser el número uno” y un sentimiento colectivo y silente de “hay que quererlo con pena” por no ocupar la posición privilegiada. Y eso en vez de victimizar al segundo en el podio, puede significar una brecha competitiva importante.
 
Hay una creencia internalizada en el imaginario colectivo. Una que asocia el triunfo de un día con la garantía de un éxito recurrente y perpetuo. Una lógica que, para mí, el tiempo es capaz de contradecir. Actualmente las palabras “competente” y “competitivo” tienden a confundirse como sinónimos en un mundo que vive obsesionado con el éxito y todo lo que él representa. “La sociedad actual nos pide un exagerado nivel de éxito. Si no tienes éxito, no eres nadie”, dice el psiquiatra Vittorio Andreoli, autor de Terapia familiare (Terapia familiar). “Si te crees todo eso tienes muchos puntos para frustrarte, para ver las relaciones principalmente como una lucha. Y eso nos hace violentos e intransigentes”. Y, para colmo, la peor forma de competición es la que establecemos con nosotros mismos, porque a veces deseamos ser otros que imaginamos “mejores” o “ganadores”. Sin embargo, según la filosofía zen, no es tan importante el lugar adonde se quiere ir como el lugar donde uno está. Y el Vedanta, una de las filosofías más antiguas del mundo, dice que la felicidad que se debe a una razón específica es sólo otra forma de desdicha porque esa razón nos puede ser arrebatada en cualquier momento. 
 
Ahí está el ejemplo de Dulcita, actual Miss República. Elegida como primera finalista en su momento, hoy lleva la corona.
 
Llevo años “chupándome” gozosamente (tampoco vamos a fingir) gran parte de los concursos de belleza que se hacen en el país, y eso me ha convertido en un analista de las poses, los discursos absurdos y recurrentes de las candidatas, de los peinados ochenteros que los peluqueros ochenteros, abanderados de la laca, se empeñan en perpetuar. Y el tiempo me ha permitido concluir en una tesis que a muchos puede parecer contradictoria y absurda: ganar la corona no siempre es sinónimo de triunfo. Les haré una pregunta: ¿cuáles de las actuales presentadoras de televisión famosas que ganaron un concurso de belleza están en la televisión? Sólo dos: Milagros Germán y Luz García. Después, Pamela Sued, Colombia Alcántara, Isaura Taveras, Miralba Ruiz, Zoila Luna, Georgina Duluc, Jenny Blanco, Caroline Aquino, todas bellas y talentosas, nunca fueron las reinas mayores, pero aun así despuntaron en sus carreras y se impusieron por aprovechar las oportunidades en su momento. Otra pregunta: ¿Por qué están anónimas las ganadoras de la corona en los respectivos años de las mencionadas? ¿Las eclipsó su fama de una noche? El primer lugar siempre seguirá siendo subjetivo, y el segundo, una posición privilegiada, más cómoda y una escuela para ascender fortalecido y con dominio de causa por la escalera del éxito.
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