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El desrizado, la queratina y eufemismos

Si en la antigüedad el corsé mantuvo reprimida a la mujer, el desrizado es el equivalente contemporáneo de esa prisión social.
Actualizado 15 de noviembre, 2011
Cherny Reyes
En latitudes como éstas a las mujeres se les exige, con una sugestión invisible y pasivo-agresiva, que deben tener el pelo “chino”. Ir en contra de este patrón establecido supone que eres una feminista de dudosa orientación sexual, una antihigiénica (se oye de todo), evangélica o una acomplejada.
 
Sobre el pelo se han hecho varios documentales en los que se expone toda la cultura, creencias arraigadas, discriminación y mitos que encierra el tema. Tener el “pelo malo” en sociedades como ésta es un estigma, casi peor que la letra escarlata o que la tuberculosis en sus tiempos.
 
Es una ofensa al sistema decir “yo me desrizo”, aunque sea algo más que obvio. Por eso las mujeres usan eufemismos como “alisarse”, para suavizar el impacto que envuelve el proceso estético. Una cuota del peso social que, por décadas, han sufrido ellas y que ha estimulado a laboratorios cosméticos a crear la fórmula perfecta antirizos, recae hoy sobre muchos hombres.
 
Después de la aparición de la queratina brasileña, que es como la versión estético-capilar de Lady Gaga (entiéndase: lo último de los muñequitos) los hombres se han agarrado de la filosofía de David Beckham (por aquello de la metrosexualidad), se han olvidado de pudores y se apuntan a los beneficios laciadores del producto creado en el país de la samba.
 
No hay día en que me siente en el sillón del salón de belleza, sin que Jean Carlos, mi peluquero, me ofrezca el catálogo de opciones: spasola, queratina, ablandadores, desrizados… todo para contrarrestar mis rizos que, al parecer, a él le provocan alergia. Claro, Jean está más “chino” que mi tía Chary (cuando le pasaban el peine caliente en su campo Tábara Arriba, de Azua) e intenta convencerme de unirme a su tribu de “tengo el pelo bueno” aunque a leguas todos sepan que es desrizado. 
 
Pero el ejercicio para medir el incremento de hombres desrizados en la sociedad es fácil: primero, descalifica a los gays (ellos no compiten, porque, como dijeron en Glee, son los que modulan la cultura y eso coloca a la comunidad en posición ventajosa), y piensa en todos los amigos que tengas que, de repente, les ha cambiado su pelo dramáticamente. Un mejor ejercicio aún es: ve a un bar sábado por la noche y comprobarás la teoría después de agotar el primer paso del método científico.
Yo me pregunto: ¿cuál es la lógica de aplicarte tratamientos que no van a aplacar ni disimular del todo tus temores de mulato? ¿Cuál es la lógica de pelear con la naturaleza de tu cabello para hacerte esclavo de planchas, serums y retoques periódicos, en tu intento de controlar esas espirales capilares que tienes contigo desde pequeño? ¿No es más sensato exhibir con dignidad y orgullo esa cabellera caribeña que te hace único y genuino, en vez de vivir con el estrés perpetuo de “si llueve me arruino”? No me gusta parecer un purista, pero pienso que ir en contra de tu identidad revela una inseguridad cultural heredada a la que todos debemos renunciar. Se trata de ser libres, ¿o no?
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