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Corazón Papiamentu

"LA MEMORIA ESTÁ DENTRO DE MÍ, ME COMPONE POR DENTRO, ME ESTRUCTURA LA NOSTALGIA, DE ELLA SACO, A MANERA DE TERAPIA, LO QUE ME DA LA GANA"
Actualizado 15 de septiembre, 2011
Rey Andújar
La metafísica es prima bastarda de la coincidencia. El Curazao de mi niñez no existe; llego a la isla consciente de ello. La tristeza no me sorprende en ninguna esquina, tampoco hay voces de amores muertos que inviten a aquellos colores. La metafísica me invita a escribir; la coincidencia es que me he traído [sabrá el diablo por qué] mi edición doble de Rulfo: Páramo y El llano en llamas. Fue gracias a Miguel Ríos que logré definir la certeza; no se puede regresar al locus amenus esperando que todo lo bueno esté aguardando. Años después Joaquín Sabina llevó más allá la metáfora cuando implicó a Comala en el asunto. Pero no fui a Curazao a buscar un pasado feliz sino el silencio que encontré en las casonas coloniales derrumbadas y en la piedra en donde, aprendiendo a soñar, me desvelaba leyendo el Boom Latinoamericano y cómics de Batman. Aunque lo niegue mi swing, yo soy hijo de esa herida. Allí también compré mis primeros CD’s: Eros Ramazotti [mea culpa], un compilado de The Police y Yo me mi contigo, del cantante ya citado. Bajo el sol tenso de las dos de la tarde regreso al hotel de playa nada incluido buscando sombra en la mano de la Jesenia que esquivando cráteres en las calles pobremente asfaltadas me dice que la isla está como zona de guerra y espera con ansia que Aruba no esté tan decaída. Unos turistas argentinos –a quienes Jesenia confiesa que pronto veremos a Calamaro en concierto– la tranquilizan con la información de que Aruba está bien alante; nos recomiendan alquilar un vehículo desde que salgamos del aeropuerto y que le demos por ahí bien duro a la isla que se camina en cuatro horas con buen viento. Buena mar. En la orilla de la tarde, ya abrazado a ella y a su olor Issey Miyake sal Caribe es inevitable regresar a esos otros besos primeros porque no hay paraíso en la madurez. Dejamos Curazao sin pena y Aruba no es isla sino una sola playa, un hotel de ancianos del que Jesenia y yo escapamos para sacar las mejores fotos y tomar cerveza y aperitivo [calamares y camarones salteados] en cada playa. La memoria está dentro de mí, me compone por dentro, me estructura la nostalgia, de ella saco, a manera de terapia, lo que me da la gana: canciones para celebrar con humo, cuerpos inauditos a los que retorno en los vuelos sicodélicos-epilépticos de mi mano derecha, las mejores carcajadas. Esta memoria es el cuerpo mío, pintado de la jerga que me apetezca. En el idioma del Sotavento dushi se dice corazón.
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