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Cancerígena

"CÓMO HABLAR SORAIDE, CÓMO HALLARLA EN EL ESPACIO YERMO QUE IMPLICA EL HABER LLEGADO A ESTA EDAD PARA COMPROBAR QUE LO ÚNICO SALVABLE SON LAS SONRISAS..."
Actualizado 15 de octubre, 2012
Rey Andújar
Tu cuerpo es un disparo silbando; cuerpo de agua. Un hilo de púas traicionándome; cada noche tabaco y madrugada, abrazos de oso y polémicas. Tu cintura de caramelo se levanta lo suficiente hacia la oportuna flexión de una rodilla, la dureza de todo mi nivel medio. La literatura no puede posponerse, es este el tiempo del arrebato y la promesa. Dentro ti nosotros y el rasgo amoroso que nos hace invencibles, mi mano en tu arco sin alas. 
 
Apagón en la ciudad Caribe siglo veintiuno, pavor en los túneles del metro Malevosick. Golpeo con la frente el cristal del autobús que desde Puerto Plata me lleva a ti, a tu cuerpo enfermo, recluido en una casa de urbanización convertida en hospital. Nada queda ya de tu cuerpo árbol. Sólo catéter y goteo. Eso y afuera la niñería matándose con pistolas de verdad. Quieres fumar, Anda dale chico prende. Desde una caja vieja con correspondencia hago magia. 
 
Las cartas que nos enviamos en el bachillerato. Buscas un cenicero. Limpiándome brozas de la boca me dilato en el nombre de los sobres. Soraide. Nos recorremos. Tengo cuidado al componer oraciones que involucren la agonía de los padecimientos, mucho ojo con la lástima, la quimio, los perdones. Tanta sala de emergencias [los accidentes de mi madre], tanto funeral [los ochentas y la droga; la masacre de los primos entre Miami, Curazao, Baní]; se forma una costra fantasmagórica en torno mío. Ahora soy el Neptuno del Canal de la Mona. Cómo hablar Soraide, cómo hallarla en el espacio yermo que implica el haber llegado a esta edad para comprobar que lo único salvable son las sonrisas, los gestos inútiles. Golpe al aire en voz alta, What a foolish man was I. De lo afásico al rastro de humo, la nada intrasladable. Me acaricias y hablas de funcionarios pisoteándonos. Deja de besar el látigo cada mañana, dices. You ought to be the boss of you, dices, deslizando una historia del Bronx, de cuando éramos una bacanería, de atrás. 
 
Despierto al enfermero de guardia. Pregunto cómo puedo colar un café. La madrugada ya cae. El hombre hace unas señas y aparece una cocina en donde tengo arreglármelas como pueda. Él regresa a su sueño. Nada de adiós al cuerpo que retoza en este cese y desista. Me interno en el tráfico gusano que en los intestinos lleva a la masa compuesta de mangú1 , olor a aftershave, rímel de retrovisor. Compro un boleto de regreso. Lágrima, humillación, desencuentro. Tengo par de horas hasta que el autobús salga así que busco y encuentro como comprar una caneca y más café pero antes del primer trago la botella cae y no hago esfuerzos. El llanto llega mientras veo a la masa sometida, siempre entregando la otra mejilla. Este es el estropicio, vendemos el alma al demonio para no pasar hambre, regresamos a las bandejas de restaurantes a sobrevivir con propinas que no llegan a limosna, a sonreír por centavos, a bailar frente ante la cornucopia turística en busca de la última aventura Caribe. 
 
1Mangú: plátano majado con aceite, mantequilla, agua, sal. Puede comerse a cualquier hora pero es en realidad un desayuno emblemático. Original de la República aunque ya se sirve en varias partes del Globo debido al vagabundeo al que ha estado sometido el cuerpo dominicano
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