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Bodas y fin del mundo

Es mi primera vez como madrina de anillos en una boda.
Actualizado 15 de diciembre, 2012
Ciudad México
Este diciembre se casa mi cuñada, justo un día antes del final del mundo según los Mayas. Ernesto y yo vamos camino del Centro a buscar unas argollas de oro blanco. Es mi iniciación formal sobre los usos y costumbres de las bodas mexicanas; ahora que el mundo está por acabarse. Supongo que es igual en la isla, no me he casado aquí, ni allá tampoco, le digo a Ernesto en el Metro. Parece que hablo como novia decepcionada, pero es otra cosa lo que me angustia. En este terreno me siento perdida. No puede ser que así sin saber de argollas y de bodas sea del todo una mujer. No debería morir así, con ese hueco. Ya he ido a tres bodas en los últimos dos años pero aún no comprendí algunos ritos, no capté todos los misterios. Y fue cuando compramos los anillos que supe los secretos. Aunque me hice la experta durante los descubrimientos. Ahora sé ciertos detalles bodísticos. No sabía de anillos de boda, ni que alguien más te los compraba, no sabía que llevaban el nombre de la pareja adentro, como un tatuaje en espejo sobre el dedo. Tampoco sabía que al lado de aquel nombre se escribe la fecha, el día inolvidable de la boda. Me pregunto si habrá Tierra un día después de esta boda; y cómo podría ser inolvidable si al día siguiente todo explotara.
 
Esa tarde miro las argollas de oro blanco y hablo por teléfono a las amigas. Me entero con cierta decepción: todas ya lo sabían. Tanto tiempo ese silencio en torno mío cuando todas lo sabían. Sabían del nombre en el anillo, de la fecha, todo lo sabían, lo hablaban a mis espaldas y me siento victima de una gran conspiración. Seguro tengo el gesto de mujer menospreciada, pero ya he retomado fuerzas y juro ponerme al día en eso de las bodas. Quiero, si el mundo acaba, morir sabiendo de bodas, de argollas; eso es digno.
 
Pero no creo que estemos listos para morirnos; seguro que los Mayas no están listos. Imagino a Berenice y su 20-12-12 para siempre rodeándole el dedo. Allí lo que se estampa es una esperanza de permanecer. Pienso en Melancholia, en esa boda tan particular que se celebra unos días antes del fin del mundo. Quizá, si el mundo acaba un día después de la boda de Berenice, ella se irá del planeta con su nuevo apellido, también un poco con el antiguo, como si fuera una y la otra: dos personas. Y tal vez, entre el polvo que reste de la Tierra, Berenice se mueva entre un nombre y otro, como Dios en la Torá, que es un nombre y otro y otro y otro… y muchos otros.
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