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Outsider AeropuertosOutsider Aeropuertos

31 años
Escritor
Viajando desde 1995
Actualizado 15 octubre 2011
Aeropuertos

Pérdida (tercera parte)


Acomodado en el asiento 17C me dispuse a esperar que el avión despegara. Atrás quedaban las horas infinitas en el aeropuerto de pesadilla, sumido en la más total de las penumbras por culpa del apagón eléctrico. También me alejaba para siempre del mar humano de pasajeros que se agolpaba en un ruidoso tumulto en las diferentes puertas de embarque, buscando con desesperación llegar a su destino. La azafata que asó junto a mí algo dijo sobre procedimientos de seguridad, ya que estaba sentado en una salida de emergencia, y me invitó con una petición que más sonó a una orden a que leyera el instructivo impreso en la tarjeta ubicada en el bolsillo del asiento frente a mí. Luego de eso, se fue al extremo del pasillo para hacer su ritual de cómo ponerse el chaleco salvavidas en caso de un accidente, y señalar cuántas salidas tenía la aeronave. 
 
Era el momento preciso de hacer un recuento de mis pertenencias, las mismas que tantas veces tuve que recoger del suelo o salvar del desorden reinante antes del despegue. Con la mano palpé los diferentes bolsillos de mi ropa: ahí estaba el celular, apagado como corresponde; encontré también las últimas monedas que ya perderían todo su valor cuando llegara a Londres. Encontré además mi boarding pass, cortado y con una grapa que me pinchó la yema de los dedos. En el otro bolsillo debía estar mi pasaporte… pero no estaba.
 
Un ramalazo de angustia me convirtió en hielo la sangre en el cuerpo. Me enderecé de golpe en el asiento, sintiendo que un agudo y persistente zumbido se apoderaba de mis oídos, hundiéndome sin remedio de un pozo de angustia. Volví a revisar uno por uno los bolsillos y mi billetera. Nada. Se incliné debajo de la silla, empezando a respirar cada vez más angustiado, más jadeante. Entonces tuve la visión del momento exacto en que todo se complicó aún más: 
 
Boarding pass! ¡Tengan a mano el boarding pass y el pasaporte! –pedía una voz justo antes de ingresar a la manga.
 
Y yo redoblé la marcha, apure el paso, empujé a diestra y siniestra a otros pasajeros para llegar pronto al avión. En ese instante, en ese preciso instante, tiene que haberse caído mi pasaporte al suelo, entre los cientos de zapatos que, como yo, se perseguían los unos a los otros en desordenado baile. ¿Y qué hacía ahora? ¿Cómo revolvía el hecho de ir a bordo de un avión sin pasaporte para entrar al país de destino, ni para poder reingresar al país de origen?
 
-¡Señorita! –grité apenas pude recobrar la voz después de tragarme la angustia.
 
Pero la azafata ya estaba sentada en su asiento, abrochándose el cinturón de seguridad. Con una mano me hizo un gesto de “después hablando”. El problema es que no podía ser después. Debía ser ahora. Había que informarle al capitán para que no despegara. A bordo de ese avión había un pasajero que, por culpa de un apagón, estaba condenado a quedarse en tierra de nadie. Un pasajero que no iba a ser capaz de salir del aeropuerto. Un pasajero que, por culpa de la burocracia aérea, estaba destinado a permanecer para siempre en el aire. Y ese pasajero era yo. O, al menos, lo que iba quedando de mí. 
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Outsider Aeropuertos
31 años
Escritor
Viajando desde 1995
Outsider Aeropuertos

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