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Benny Blanco from the BronxUn sábado de 1993, mi hermana y yo planeamos ir al cine a ver "Carlitos´ Way", del genial Brian De Palma. Mis padres estaban fuera y debíamos cuidar la casa, así que decidimos turnarnos las salidas. Yo iría primero, con mis amigos, y ella se marcharía a mi regreso, junto a los suyos. Al terminar mi tanda, volví deseosa de negociar con mi hermana nuestro acuerdo. Quería seguir paseando y que ella abandonara sus planes. Entendía, para mi conveniencia, que ella aceptaría, ya que nunca había sido “muy salidora”. Pero al hacerle mi descabellada oferta se negó rotundamente.
Cuando tomó su cartera, mientras se dirigía hacia la puerta, le hice la revelación siguiente: “A Carlitos lo asesina Benny Blanco from The Bronx, frente a su novia, justo antes de abordar el tren”.
Quienes aún no hayan visto este filme protagonizado por Al Pacino, puede que ahora me estén odiando de la misma manera en que lo hizo mi hermana en esos momentos. Yo acababa de matarle la sorpresa. Le había arrebatado de los labios el caramelo delicioso que representa el final de una buena película, y que nadie desea saborear antes de sentarse a paladear la historia entera.
Mi hermana no podía creer lo que acababa de hacerle. Y lo peor es que yo misma, un segundo más tarde, no sabía por qué lo había hecho. Fue como si de mí hubiesen emergido sentimientos de mezquindad y de egoísmo que jamás hubiéramos imaginado posibles entre ambas. Una actuación en perjuicio de mi hermana sobre la que aún bromeamos pero que me enseñó lo que significa sentir remordimiento: ese aguijonazo que se te clava en el pecho cuando asumes que has actuado de manera injustificable.
El episodio de Benny Blanco ha regresado a mi cabeza a raíz de cuatro noticias recientes publicadas en los medios. Hechos que me han empujado a preguntarme si todos los individuos son capaces de experimentar o no remordimiento legítimo tras cometer un hecho que ha dañado a una o más personas.
Cuatro historias ocurridas en distintos lugares del mundo, pero todas con el sello del engaño y el lucro particular a nombre de causas nobles.
En el país acaba de conocerse el caso del supuesto propietario de una revista que estafó al personal que durante tres meses trabajó con él, desapareció sin haber pagado sus salarios y engañó, además, al Hogar de Niñas de Doña Chucha y a otras organizaciones.
En España sigue el proceso judicial a los imputados por el Caso Palma Arena, entre ellos, Iñaki Urdangarín, duque de Palma, por el supuesto uso irregular de dinero público recibido por la entidad sin fines de lucro que éste presidía.
En Argentina continúan las investigaciones contra Sergio Schoklender y su hermano Pablo, ex asesores de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, por el presunto desvío de fondos entregados por el Estado para la construcción de viviendas sociales. En el caso también está siendo investigada Alejandra Bonafini, hija de la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini.
Mientras, en Francia, el semanario Marianne acaba de publicar un reportaje que desvela el supuesto uso irregular de 3.5 millones de euros entregados por el Fondo Mundial de Lucha Contra el Sida, la Tuberculosis y el Paludismo a la Fundación Carla Bruni-Sarkozy, dedicada a la lucha contra el analfabetismo y presidida por la Primera Dama francesa, Carla Bruni.
Cuatro casos, cuatro países, cuatro (y más) historias personales muy distintas. ¡Pero cuán parecidas en fondo y forma!
Dicen algunos entendidos que el remordimiento no está supeditado al hecho que lo provoca sino al significado moral que este hecho tiene en las personas. O dicho de otra forma: para sentir arrepentimiento después de determinada actuación todo depende de los valores que cada quien posea.
Pienso de nuevo en Benny Blanco y en su vida de gánster latino en Nueva York. Y me pregunto si, por casualidad, el remordimiento lo habrá aturdido tras dispararle a Carlitos a quemarropa.
Recuerde que las sugerencias pueden ser importantes para otros lectores.
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