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Protagonistas / Leyenda urbana /
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Azulaje

"EL TONO ERA MORIBUNDO AUNQUE NO CONCLUYENTE. ESTO SIN ELLA NO ES VIDA SINO QUÉ PRETENDO; UN CUERPO A MEDIAS AQUÍ O ALLÁ NO ES CUERPO."
Actualizado 15 de noviembre, 2011
Rey Andújar
“Somos del dios la parte contaminada”
 
Los dedos apretados al óxido malla ciclónica buscan sin éxito, resquicio de piel o tela, algo para acompañar los adioses; para cerciorar. Ese es el cuerpo de este lado, una mano interrumpida extendida en tensión hacia el cuerpo del lado de allá, el de la infección. Ese cuerpo enfermo es un perfil. La otra mejilla colocada para la reprimenda o el beso aunque es ya tarde. Lo demuestra la fuerza con que el cuerpo de acá, el sano todavía, es sujetado por el cuerpo de un guardián; un garfio de carne abrazo. El cuerpo apocado, del lado de adentro, es empujado hacia una fila, desnudo, evaluado, soliviantado y medido, contabilizado. Ya es otoño, lo dice la noche a las tres de la tarde y la lluvia fría. 
 
Los ojos podridos con un tanto todavía de una belleza anterior, encuentran de reojo al cuerpo de acá, ya derrotado por el peso que habita entre negación y derrota. El mensaje en las miradas se traduce, resignación fulana. Pero cómo actuar coherentes, con la muerte entregada de esta manera. Muerte de manera literal ya que para la una la vida era el cuerpo de la otra. Habitarse.
 
Del lado Quarentine desprenden noticias y abogados, funcionarios con teorías de despacho y decretos; el asco en suma. Del lado supuestamente sano todavía los brazos no ceden. Alargados. Tenaces. El horror de quedarse sin ella, de rodillas. El cuerpo de acá sabe que no ha de tocar aquellas costillas y convulsa. Cómo vivir con este cuerpo solo; que me la dejen sin brazos pero que me la dejen, sin piernas pero que me la dejen sin ojos para quedarme con ella. El tono era moribundo aunque no concluyente. Esto sin ella no es vida sino qué pretendo; un cuerpo a medias aquí o allá no es cuerpo.
 
“la abarqué entre penínsulas”
 
Veintidós años más tarde, en la Corte de Derechos Humanos en La Haya salió a relucir cómo los oficiales arrancaron los láseres de las manos inertes de los soldados que no se atrevieron al acribille de los infectos en frente de sus familiares y allegados que, desde el lado de allá de la malla ciclónica asistían a la maldad humana. Un recluta resumió su declaración explicando cómo se llenó de congoja ante la constatación de que la bajeza ajena era peor que la propia.
 
La muchacha que alguna vez estuviese del lado sobreviviente salió de la corte antes de las deliberaciones y sentencias. Ximena, que así se llamaba la chica, caminó por las callejas peatonales de Centro Den Haag hasta perderse. La tarde era gris y de nuevo era octubre a mediados. Otoño adentro por esos lados. Nubes bajas. Algunas hojas resistían. Se encontró antes del anochecer definitivo frente al escaparate de un ornitólogo. Dos azulejos se picoteaban fuirosos. Ximena pudo llorar al fin, viéndose joven aún reflejada en la confusión de aquel amor natural. Dos minutos después una adolescente colorada con un name tag que decía INGA salió apagando luces y cambiando el letrero a cerrado. De ahí en adelante todo fue aceptación, sonrisa media y ashubliev.
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