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Absolut Montmartre

La primera vez que la vi fue en una fiesta en Damrémont.
Actualizado 15 de agosto, 2012
Mijaíl Peralta, Periodista, En París desde 2009
Una casa grande empequeñecida por el techno malo y el tufo del ron de Martinica. No le hablé porque me pareció más que una persona, una aparición, como la niña que años antes murió de pena en este mismo salón en el que decenas de cuerpos mueren de alegría.
 
La segunda vez, en un concierto. Amigos, cervezas, Gauloises consumiéndose en el gris de su propio fuego. El jazz de The Bad Plus. No le hablé, tampoco, pero debo decir que para ese entonces yo estaba nadando a contracorriente en los sinsentidos de las relaciones sin sentidos.
 
La siguiente: un cumpleaños, y ya no me pude aguantar. Fui donde ella y en dos segundos estábamos hablando de salsa y masticando como nueces la lengua materna del otro. Quedamos en ir por unas cervezas y a bailar. Y bailamos con una bandita muy buena, Salsos Positivos. La lo-cu-ra. Yo, que no soy de etiquetas tropicales, la agarré con mi mano de acero en su espalda baja, y giramos, deslizándonos por la pista. Todos mis muertos latinos agitaban mis caderas. Mar Atlántico seibano, zafras de azúcar, cañaverales. Le pegué con mi Caribe y ella se dejó llevar. Y después salimos e hilamos la noche entre bares y bares. En Bastilla, le tomé la mano y decidí repartir un “buenas noches”, con un beso en cada mejilla.
 
Pude haberla besado. Pude haberle dicho algo gracioso y apagar su risa con un beso. Pero preferí seguir este plan de llevar las cosas al paso, de explorar antes de conquistar. Ser más Atenas y menos Roma en llamas. En fin, llevarme de tus consejos, Mijaíl, que tanto has dicho que los mejores bateadores dejan pasar el primer lanzamiento. Entonces vino nuestro quinto encuentro.
 
Cansancio fue la primera palabra que nuestros ojos revelaron. La cita no fue aburrida, pero el vino estaba agrio y la ensalada sosa. Hablamos de nuestras vidas y exploré. Nos fuimos, mitad sin hablar, mitad hablando de política. Y para cuando nos metimos al metro, ya yo había decidido no besarla, no arruinar esta pecera de mariposas. Entiéndeme: este placer efímero tenía que durar más. Y le doy dos besos. Cuándo nos vemos, digo. En tres semanas, seguro, dice. No digo nada. Ella sonríe, pálida. Por qué, pregunto. Se va tres semanas a Colombia, quizás cuatro. Es el drama del verano, que divide a las personas por demasiado tiempo, dice masticando el español. Su tren llega. Se encoge de hombros. Nos vemos en tres semanas, me grita superando el silbido del cierre de puertas.

Ahí, viendo aquel tren irse por tres o cuatro semanas, te admito que la rabia se apropió de mí y, sin más, me cagué en ti, en tus consejos y en la paciencia. 

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